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Homilia del P. Alliende

Eucaristía de gratitud por los 40 años de sacerdocio del P. José Manuel López-Herrero 1 de noviembre del 2003, Fiesta de todos los Santos Madrid, Santuario de la ciudad
Homilía: P. Joaquín Alliende Luco


Mis queridos hermanos:

En Israel y en su mundo cultural, todo maestro, para serlo verdaderamente, precisaba enseñar acerca de la felicidad, señalar los caminos que conducen hacia ella y prevenir sobre los espejismos que son las trampas de la muerte. Así nació todo un tipo de literatura, llamada los „macarismos“. Eran una suerte de códigos de felicidad. Jesús, allá frente al lago de Genesaret, desde la cátedra de un monte en primavera, señaló cual es la dicha inmarcesible. El núcleo de ese sermón lo acabamos de escuchar en la proclamación del Evangelio de esta fiesta.

Por los „macarismos“ de Jesús sabemos quién es definitivamente feliz. Por ellos podemos celebrar con gran gozo estos 40 años de sacerdocio de nuestro Padre José Manuel, sabemos que él es feliz porque él optó por una dicha que no es del mundo, sino por aquella que brota de la Santísima Trinidad y tiene un remanso en el Corazón Inmaculado de María. Mirando hacia atrás su biografía, aparece en la memoria un generoso cumplimiento de la promesa de Cristo en el sermón de la montaña. En estos cuatro decenios cada una de las bienaventuranzas estuvo en el trayecto del Padre José Manuel, y cada una de ellas es ahora razón de gozo y alabanza. Tal vez mi hermano concuerde conmigo que la más candente y esperanzadora de todas es la que dice: „Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia“. Es así porque todo sacerdote, mientras más avanza en la aventura de su fe, y especialmente en fechas de aniversario de ordenación, más quiere proclamar con María: „Dios mi Salvador, ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava... Me llamarán bienaventurada, dispersó a los de corazón altanero... acogió a su siervo, acordándose de la misericordia“ (Lc 1,47ss). Hace justo quince años, celebramos en Pozuelo las bodas de plata sacerdotales del Padre José Manuel. La hora central fue una solemne eucaristía mientras la luz otoñal de Castilla colmaba todas las ventanas. En la primera fila estaban Fanny y Maruja, madre y hermana del Padre José Manuel. (Permítanme agregar algo personal). Quisieron ellas dejarme un recuerdo de esa fiesta. Lo conservo cerca de mí a pesar de todos los cambios y traslados. Es una imagen tallada en pino bravo de la Sierra de Guadarrama. Con discreta policromía, representa un viejo motivo iconográfico que simboliza al Cristo Sacerdote atravesado por la lanza para redimirnos. Pero la talla no reproduce al Jesús que muere. Siguiendo una tradición que tiene sus raíces en Egipto, es la figura de un pelícano que de un picotazo se rompe el pecho para alimentar a sus polluelos sedientos.

Al prepararme para venir hoy a celebrar los cuarenta años, una y otra vez, la imagen de ese pelícano tallado por manos españolas se me convirtió en la clave para interpretar el motivo de esta fiesta.

Esta significación del pelícano en el sacerdocio del Padre José Manuel se fue haciendo en mi recuerdo más abarcadora. Así rememoré que en el muy austero cuarto del joven Padre José Kentenich, en la llamada „Casa Antigua“, el único elemento no estrictamente funcional era la imagen tallada de un gran pelícano herido y sus polluelos (así me lo describió el P. Alex Menningen). Hacia el final de su vida, el fundador de Schoenstatt, mirando esa figura, confidenció: „Este es el pelícano que estaba en mi cuarto. Él fue siempre para mi ejemplo, ideal, símbolo“ (17-04-1967). En el curso, la comunidad más estrecha del Padre José Manuel al interior del Instituto de los Padres de Schoenstatt, desde la primera hora se recibió esa visión del sacerdocio y ese simbolismo. Por eso, aunque eran jóvenes seminaristas, se consideraban „padres de un reino nuevo“. Esa prematura conciencia de paternidad los hizo afirmar que sólo si se de-sangraban, si se des-vivían, como el Pelícano Cristo, podrían llegar a ser sacerdotes padres. Entonces las heridas de sus costados, los dolores de su sacerdocio, serían „llagas triunfales“.

Las canciones que alguien entonó de joven, son buenas medidas para conocer la coherencia y la consecuencia de vida de ese alguien en su madurez. Nuestro celebrado cantó, con voz juvenil, una letra y una música compuesta por un hermano ejemplar, el Padre Hernán Alessandri:

„Amemos la cruz que nos hiere
y alcemos su herida triunfal,
cual otro costado de Cristo
llagado de amor paternal.

En esta audaz propuesta late el fuego pentecostal recibido del Santuario de Bellavista en Santiago de Chile, al pie de la cordillera andina. Esta intuición apasionada cuajará en una reflexión teológica acerca de la imagen sacerdotal del Cristo, según la espiritualidad del Padre José Kentenich. En tal contexto, nació en la generación del Padre José Manuel, la llamada Cruz de la Unidad. Fue en 1960. Ahora ese crucifijo se ha extendido por múltiples espacios de la Iglesia Universal. (Baste aquí anotar que la Beata Teresa de Calcuta llevaba esta misma cruz en su gastado rosario y así la tiene también cada una de las religiosas de la comunidad por ella fundada.)

Hoy hace cuarenta años, el Padre José Manuel se ordenó para ser un reflejo vivo de Jesús Sacerdote tal como está artísticamente expresado en la Cruz de la Unidad. En esta Eucaristía damos gracias y glorificamos al Dios Trino y a María Santísima, porque ese estilo de sacerdocio ha cobrado sólida y trasparente realidad en nuestro querido hermano. Si miramos atentamente y saboreamos el lenguaje de las formas, nos percataremos que, en definitiva, el Cristo de la Cruz de la Unidad es una variación elocuente de la iconografía del Pelícano. En el foco de ambas representaciones está la llaga, lanzazo o picotazo, por el cual se vacía el contenido del corazón. Esta cristología, escrita en metal o en madera, habla del Cristo de los vínculos, del Cristo movido por el Espíritu Santo que es el Vínculo perfecto. Habla del Jesús de las relaciones hondas y permanentes al Padre, a María y a todos lo redimidos. Es el Hijo girando en torno a su Padre. Sacerdocio patrocéntrico. Es Jesús, unido a María. Sacerdocio mariano. Es Cristo, enviado para redimir al mundo. Sacerdocio apostólico.


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Sacerdocio patrocéntrico.

En lo alto de la Cruz de la Unidad aparece el símbolo de Dios Padre. Es el ojo lleno de complacencia por el Hijo. Tal mirada expresa que la donación cruenta del Pelícano es un acto referido al Padre. Es filial obediencia. No es el heroísmo de un fanático. No es arranque de masoquismo suicida. Es entrega de ternura y victoria de amor. Cristo es en el Gólgota plenamente hijo y por ello es constituido en „padre del siglo futuro“ como lo llama la liturgia de Navidad. „Tan padre cuanto hijo“, sentenciaba el Padre José Kentenich. Quienes conocemos al Padre José Manuel de cerca, sabemos que éste es su secreto manantial. Desde que dejó su Antofagasta natal, allá en los bordes salinos del desierto chileno, fue enhebrando geografías. Cada partida fue una obediencia: de Santiago del Nuevo Extremo a Brasil y Suiza. Nuevo envío para ser fundador en España, para ser aquí instrumento de unidad y servidor de muchos con nobleza, abnegación y alegría. No se trata de una pura movilidad externa. Los traslados expresan una disponibilidad de alma que él vive como entrega generosa. Es donación paternal por aquellos que, en los nuevos destinos, el Dios vivo encomienda a su sacerdocio. Es amor personal. Es transparencia muy nítida de los rasgos del Jesús Buen Pastor. Él „llama una por una“ a sus ovejas (Jn 10,3). „Yo conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí... y doy mi vida por las ovejas“ (v 14s). Esta oblación ocurre en el día a día. Y toma mil formas diferentes. „Yo conozco mis ovejas“. Vosotros lo sabéis bien. Es evidente, por ejemplo, que él conoce y quiere a España. Como también conoce y asume, hasta en el detalle, los regocijos, las congojas y los triunfos de quienes el Sumo Sacerdote le encargó cuidar. La forma más sublime de entregarse que tiene un presbítero, es la eucaristía vivida. El P. José Manuel siempre celebra la misa con unción y delicadeza. El poeta León Felipe nos pedía no orar como un sacristán que repite los rezos sin vibrar con las verdades tajantes y gozosas que está pronunciando. Nos animaba a llevar a cabo nuestras tareas como peregrinos, como los romeros, que descubren en cada instante tierra inédita.

„Que no se acostumbre el pie
a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa,
ni la losa de los templos,
para que nunca recemos
como el sacristán
los rezos.“

El Padre José Manuel comunica en cada eucaristía un amor que se estrena y se sorprende. Podríamos decir que él tiene un estilo mariano de celebrar la misa. En la tradición sacerdotal transita una sentencia sabia. Se nos dice que cada misa debiéramos vivirla con la ilusión de la primera, con el estremecimiento de la última, y tan sobrecogidos de gratitud como si fuera la única de toda nuestra existencia. En la concisión propia de la lengua latina, suena así: „misa sicut prima, sicut unica, sicut ultima.“ Esta forma de celebrar emparenta al P. José Manuel con el beato Carlos Leisner, un hijo de Schoenstatt beatificado por Juan Pablo II como sacerdote y mártir. Es llamado „sacerdote de una sola misa“, porque efectivamente la única eucaristía que celebró fue la de su primera misa en el campo de concentración de Dachau, pues Carlos Leisner murió meses después a consecuencia de las terribles penurias padecidas.


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Sacerdocio mariano.

Su Santidad Juan Pablo II, escribió su primera carta a los sacerdotes para el Jueves Santos de 1979. En aquel magnífico texto llega a decir: Nosotros los sacerdotes, „en cierto sentido, somos los primeros en tener derecho a ver en María a nuestra Madre“ (n. 11ª). Esa intimísima trabazón entre el sacerdote y la Santísima Virgen es connatural en el Padre José Manuel. Es un modo de respiración de la fe y de la devoción de la Iglesia. Es la forma de discipulado ante el Maestro Jesús que él aprendió en la escuela de Schoenstatt.El beato Carlos Leisner fue ordenado sacerdote clandestinamente en el campo de concentración. En aquellos días, el P. José Kentenich escribió para Carlos, en el mismo Dachau, una sencilla pero honda plegaria, que hay que escuchar en el contexto de la dramática situación de los sacerdotes prisioneros. Vale la pena citarla completa ahora. Esas palabras resumen, con acierto, la biografía mariana de nuestro Padre José Manuel en los últimos 40 años.

Sacerdote

El Señor te eligió sacerdote,
en ti quiere ir Él por el mundo bendiciendo.
A través tuyo quiere Él ofrecer,
orar, amar, sufrir
y apacentar aquí en la tierra
a sus pequeñas ovejas.
La Madre que le acompañó
a lo largo de toda su vida,
te la dio Él para que esté junto a ti.
Permanece fiel a ella
en todas las circunstancias de tu vida.
Ella te ayudará
a cargar alegremente
los pesados fardos.
Ella guiará tus sendas,
y las de los hijos de tu pastoreo
hacia las riberas de la eternidad.

„Te la dio Él para que ella esté junto a ti“. Resuena aquí el testamento de Cristo en el Calvario, cuando le dice a Juan: „He ahí a tu madre“. Y el evangelista agrega: „desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa“ (Jn 19,27). Nuestro celebrado ha vivido una forma muy concreta de recibir a María en su casa. Él le ha levantado casas a María para que ella acoja, eduque y envíe apostólicamente a innumerables hijos. Me refiero a que nuestro sacerdote ha sido gestor importante en la construcción de varios santuarios de Nuestra Señora de Schoenstatt en Chile y en la Península Ibérica. También ha bendecido múltiples santuarios hogar que le abren a la Madre y Reina espacios en medio del mundo. Todas esas construcciones de casas para María tienen su culminación en el domingo de la Santísima Trinidad del año 2001, cuando fue consagrado el Santuario junto al cual celebramos esta eucaristía de gratitud. Las puertas que llevan a él están ampliamente abiertas a cuantos van por la muy madrileña calle de Serrano. Al entrar se lee: „Venid y veréis“. Las palabras con raíz evangélica (Jn 1,39) invitan a subir y a acercarse. Atraen a más y más personas que en medio del ajetreo urbano la encuentran a ella, la Madre del Amor Hermoso. En este Serrano 97, por todos lados, hay huellas digitales del sacerdocio mariano y apostólico del Padre José Manuel.


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Sacerdocio apostólico

Decíamos que las canciones de juventud obligan. Nuestro celebrado compuso una, en letra y música. En cada estrofa pulsa lo que hemos llamado „sacerdocio apostólico“. Es un estilo de entrega que prolonga el abrazo de Jesús en el Gólgota. Apostólico porque sostiene el cáliz de la Sangre y del Agua, tal como María lo hace en la Cruz de la Unidad. Un sacerdote genuinamente apostólico alza y porta la Sangre a „todos“ (palabras de la consagración del vino) con ánimo de esperanza. La canción de juventud del Padre José Manuel López Herrero tiene ya más de cuatro decenios, pero sigue siendo lozana y resulta una convocatoria muy al talante propio de su autor. Tiene señorío, hondura, encanto, generosidad, alegría fraterna, victoriosidad creyente.

„Hermano, alza tus ojos y sonríe mirando hacia el cielo,
que el lucero del Padre anuncia la alborada de un Reino.

Su luz ilumina el camino a la marcha de audacia y de riesgo;
¡el clarín victorioso de Schoenstatt nos invita señero!

Cantando subamos la cumbre y cantando venceremos.
Tus pasos irán con los míos y tu fuego irá en mi pecho.“

Puede ser, querido hermano José Manuel, que en tiempos que sólo el Dios Trino conoce, cuando se acerque la única-última eucaristía, tú quieras cantar con nosotros aquel verso que rubrica tu canción. Puede ser que, estando tú cada vez más encadenado al Pastor Bueno, contigo cantemos, desde la tierra o del cielo, la última estrofa de tu himno de joven ilusionado.„Unidos sigamos llevando el amor a la Reina del cielo;
le alzaremos el cáliz de triunfo y muriendo venceremos.“

„Muriendo venceremos“, José Manuel. Entre tanto, „unidos sigamos llevando el amor a la Reina del cielo“.
Amén.


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Boletin 49 / Oración de la Liga de Familias de Madrid

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