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A LA PRESENCIA DE DIOS EN EL UNIVERSO

por Juan Meléndez Valdés



Do quiera que los ojos
inquieto vuelvo en cuidadoso anhelo,
allí, gran Dios, presente,
atónito mi espíritu te siente.

Allí estás, y llenando
la inmensa creación; so el alto Empíreo
velado en luz te asientas,
y tu gloria inefable á un tiempo ostentas.

La humilde yerbecilla
del campo; el monte que de eterna nieve
cubierto se levanta,
y esconde en el abismo su honda planta;

El aura que en las hojas
con leve pluma susurrante juega,
y el sol que en la alta cima
del cielo ardiendo al universo anima,

Me claman que en la llama
brillas del sol, que sobre el raudo viento
con ala voladora
cruzas del occidente hasta la aurora,

Y que el monte encumbrado
te ofrece un trono en su nevada
y la yerbccilla crece
por tu soplo vivífico, y florece.

Tu inmensidad lo llena
todo, Señor, y más: del invisible
insecto, al elefante;
del átomo, al corneta rutilante.

Por do quiera infinito
te encuentro y siento, en el florido prado
y en el luciente velo
con que la umbrosa noche entolda el cielo;

Que del átomo eres
el Dios, y el Dios del sol, del gusanillo
que en el vil lodo mora,
y del querube que tu lumbre adora.

Igual sus himnos oyes:
del insecto el zumbir,
de la cordera El plácido balido,
y del león el hórrido rugido.

¡Oh Tú, que dadivoso
acorres, Dios inmenso, en todas partes
y por siempre presente;
atiende á un hijo en su rogar ferviente.

Óyele blando; mira
mi deleznable sér; dignos mis pasos
de tu presencia sean,
y do quier tu Deidad mis ojos vean.

Hinche el corazón mío
de un ardor celestial que á cuanto existe
como tú se derrame,
y, oh Dios de amor, en tu universo te ame.

Todos tus hijos somos:
el tártaro, el lapón, el indio rudo,
el tostado africano,
es un hombre, es tu imagen y es mi hermano.





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A UNA NOCHE SERENA / FELICIDAD DE LA VIDA SOLITARIA

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