Do quiera que los ojos inquieto vuelvo en cuidadoso anhelo, allí, gran Dios, presente, atónito mi espíritu te siente.
Allí estás, y llenando la inmensa creación; so el alto Empíreo velado en luz te asientas, y tu gloria inefable á un tiempo ostentas.
La humilde yerbecilla del campo; el monte que de eterna nieve cubierto se levanta, y esconde en el abismo su honda planta;
El aura que en las hojas con leve pluma susurrante juega, y el sol que en la alta cima del cielo ardiendo al universo anima,
Me claman que en la llama brillas del sol, que sobre el raudo viento con ala voladora cruzas del occidente hasta la aurora,
Y que el monte encumbrado te ofrece un trono en su nevada y la yerbccilla crece por tu soplo vivífico, y florece.
Tu inmensidad lo llena todo, Señor, y más: del invisible insecto, al elefante; del átomo, al corneta rutilante.
Por do quiera infinito te encuentro y siento, en el florido prado y en el luciente velo con que la umbrosa noche entolda el cielo;
Que del átomo eres el Dios, y el Dios del sol, del gusanillo que en el vil lodo mora, y del querube que tu lumbre adora.
Igual sus himnos oyes: del insecto el zumbir, de la cordera El plácido balido, y del león el hórrido rugido.
¡Oh Tú, que dadivoso acorres, Dios inmenso, en todas partes y por siempre presente; atiende á un hijo en su rogar ferviente.
Óyele blando; mira mi deleznable sér; dignos mis pasos de tu presencia sean, y do quier tu Deidad mis ojos vean.
Hinche el corazón mío de un ardor celestial que á cuanto existe como tú se derrame, y, oh Dios de amor, en tu universo te ame.
Todos tus hijos somos: el tártaro, el lapón, el indio rudo, el tostado africano, es un hombre, es tu imagen y es mi hermano.
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