Si quieres feliz vida, si inocente, la que es reflejo del candor primero, búscala en el aprisco, en el otero; no en la ciudad confusa insolente.
No insaciable del oro sed ardiente, no infiel aura del vulgo lisonjero, no envidia ni favor perecedero sigue á la selva á quien huyó la gente.
Ni el cetro teme, ni el imperio anhela, honor, riqueza ni temor le para, ni otro bastardo afecto le desvela.
¡Quién los dorados lechos ignorara, su estruendo, sus engaños, su cautela, y en ti descanso, oh soledad, hallara!
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