Entré un día en la iglesia y con el corazón lleno de confianza le pregunté: « ¿Por qué quisiste quedarte en la tierra, en todos los lugares de la tierra, en la dulcísima Eucaristía, y no encontraste, Tú que eres Dios, un modo de traernos y dejarnos también a María, la Madre de todos nosotros que estamos en camino?». En el silencio parecía responder: «No la traje porque quiero volver a verla en ti. Aunque no seáis inmaculados, mi amor os virginizará y tú, vosotros, abriréis los brazos y el corazón de madres a la humanidad, que, como entonces, tiene sed de su Dios y de la Madre de El. A vosotros, pues, os corresponde mitigar los dolores, las llagas, enjugar las lágrimas.
Canta las letanías y trata de reflejarte en ellas».
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